Ni siquiera soy una cara bonita

6.09.2011

Ciento veintiséis

Tardé 20 minutos en coger el autobús que me llevaría a la biblioteca para que el chofer decidiera quedarse a media ruta. Ahora tendría que ir primero a la escuela y eso me hacía perder más tiempo, esperaba devolver antes los libros que había sacado la semana pasada. Qué mañana más insufrible.

Además tenía miedo. Me había comportado muy mal en esa clase, fui tan irresponsable durante el semestre... y era una de las más importantes de la carrera, al menos eso creo yo. Un taller de titulación debe ser importante. Y más con el profesor importante que lo impartía. Importantísimo. Me imaginé sentada delante de su escritorio mientras él revisaba mi proyecto de investigación y me decía que era una mierda porque no cumplí con las reuniones acordadas para que me asesorara. Una mierda. Irresponsable. Qué horror. Y yo atorada en ese autobús que sólo recorrería media ruta.

Pero mientras estaba ahí, de pie, junto a una viejecilla divertidísima que le contaba a su amiga que había dejado la sopa en el fuego y ni al perro le gusta quemada, miré por la ventana. Esa avenida está llena de librerías, cafeterías y galerías de cacharros. Hace tiempo que no tomo un café en una de esas mesas bonitas mientras leo algo, debería de hacerlo un día de estos.

Llegué a la escuela, recogí mi trabajo y mi calificación. No fue tan mal como pensaba, el profesor me regañó por mi irresponsabilidad pero decidió pornerme la nota máxima porque redacto muy bien y mi trabajo le parece interesante. Jo, qué maravilla, mi ego no se había elevado hasta la estratósfera desde hacía años. De mejor humor, fui a la biblioteca a devolver una novela española que no me fascinó y una de Salinger, fantástica, que había terminado de leer en la mañana. Decidí sacar otra cosa de Salinger, Franny & Zooey y algo de Gógol.

Y volví a la avenida de librerías y cacharros. Tenía cien pesos conmigo, sólo cien, que pensaba gastar en una botella de vino corriente para emborracharme el fin de semana. Al final decidí entrar a Gandhi y ver si podría comprar algún libro. Al consultar los precios descubrí que tenía dos opciones: podía comprar un póster de 80 pesos o alguna de esas impresiones en papel feo con arial 12. Libros que ni quería leer. Mñé.

Salí decidida a entrar a un Oxxo, comprar una botella y ahogarme en mi pobreza, pero encontré una tienda de libros usados. Un señor limpiaba las estanterías mientras la chica del mostrador hablaba por teléfono, además de ellos no había alguien más. Decidí entrar y pescar algo.

Las aventuras de Tom Sawyer, en diferentes precios, ediciones, colores, tamaños... no lo he leído pero decidí no comprarlo, no tenía ganas de eso, sea lo que sea. Pero tampoco sabía qué quería comprar. La señorita del mostrador salió de ahí y se me acercó sin preguntarme nada. Me da una pena terrible que alguien se ofrezca a ayudarme, porque siempre acepto pero hago que lo lamente; sin querer, por supuesto. Estoy segura de que le habría pedido que bajara algunos libros que no estaban a mi alcance, ella lo habría hecho y al final no los compraría por alguna estúpida razón. Tampoco quería preguntarle si tenía alguna obra de un autor específico porque podría recomendarme a otros que no me interesarían y terminaría comprando por no quedar mal. Me imaginé yendo a casa con Tom Sawyer en mi bolsa. No.

Tardé hora y media en recorrer la tienda, en ese tiempo sólo vi cinco clientes. Seguro las librerías cercanas, Gandhi, El sótano y FCE, estaban llenas de gente que tiene más de cien pesos en el bolsillo del pantalón, probablemente no llevarían el dinero en el pantalón, tendrían una cartera. Compré cuatro libros. Uno de ellos lo había sacado hacía dos horas de la biblioteca, de haber sabido habría elegido otra cosa de Gógol. Ahora tengo en casa algo de Chéjov, Quiroga, Maupassant y (¡TA-DÁ!) Gógol. Cuatro libros por ciento veintiséis pesos.

Tuve que caminar mucho por haber gastado diez pesos que estaban destinados al transporte, pero qué más da, me llevé cuatro libros conmigo. Qué bolsa más pesada.

- - -

Nueve horas después descubrí que Franny and Zooey no debía salir de la biblioteca. No, no entienden, SÍ quiero leerlo, ya lo comencé y me encanta, pero NO DEBÍA SALIR. Al parecer ese ejemplar debe permanecer en la biblioteca por siempre y no me di cuenta. Me amonestarán la próxima semana, sólo se me ocurre decirle a don bibliotecario "¿ya ve cómo sí salió? ¡Ya hasta regresó!". No sé cómo no me di cuenta, lo dice en todos lados...

Mñé, en fin...

6 comentarios:

  1. Jajajajajaja estas muy cagada. Bien.

    Coco

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  2. Es por qué tienes talento para escribir. Prestamente a Gogol.

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  3. Todo lo que venga impreso en la página 126 de cada uno de esos libros será una sentencia. O tal vez no, pero estaría bueno que hicieras la prueba a ver qué.

    Y si sacas cosas de tu mente, que saques un libro de la biblioteca no me parece extraño. Tal vez no deba regresar si no es necesario (ñaca, ñaca)...

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  4. Quiero otro libro que me haga llorar.

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  5. Sublime. Yo leí a Tom Sawyer cuando tenía 14. Confío que no me esté esperando en el infierno por tenerlo abandonado en ese cajón tanto tiempo.

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  6. Dara, hoy tuve un día muy parecido.
    Tenía que devolver a Pizarnik y a Breton pero la biblioteca estaba cerrada. Decidimos ir a Gandhi y a FCE y justamente compré el más famoso de Salinger y un libro en dónde se reúnen diez cuentos escogidos por Borges, y adivina qué, incluyó Bola de Sebo que siempre me hace llorar.
    También pasé a la misma librería de viejo que tú y encontré 'Las mil y una noches'. Creo que debo volver esos cuatro tomos.
    Cuando quieras vamos a las librerías de Donceles, eso si, nos quedaremos todo el día pero regresaremos temprano.

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